¿Spotify es antimigrantes o antihumanos?
- Juan Carlos Ramírez

- hace 1 día
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Por Juan Carlos Ramírez

En agosto de 2025, el Gobierno de Estados Unidos, a través de su Departamento de Seguridad Nacional, lanzó una agresiva campaña publicitaria que buscaba reclutar agentes para localizar, arrestar y deportar inmigrantes indocumentados con antecedentes penales. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), ofrecía bonos de hasta 50 mil dólares, así como condonación de préstamos universitarios y beneficios de jubilación a quienes se integraran a sus filas.
Aunque los anuncios se mostraron en distintos medios y plataformas, fue Spotify la que cargó mayoritariamente con el descontento social. Los usuarios de su modalidad gratuita externaron su desaprobación a través del movimiento #BoycottSpotify y llamaron a la población a dejar de utilizar esta plataforma y buscar una alternativa.
¿Es realmente Spotify una plataforma antimigrantes?
Bueno, es difícil saberlo. No hay evidencia que indique que el gigante sueco está a favor de las políticas antimigración de Donald Trump. Aunque es bastante probable que varios de sus directivos, sobre todo en Estados Unidos, tengan afinidades republicanas, eso de ninguna manera debe interpretarse como una prueba fehaciente de que se trate de una empresa opresora. No al menos por esa razón.
Disney todavía mantiene relaciones comerciales con algunos proveedores acusados de trabajos forzados. Apple extrajo cobalto -un mineral usado en la fabricación de baterías- de varias zonas de conflicto en la República Democrática del Congo. Google y Amazon tienen el Proyecto Nimbus, por medio del cual proporcionan servicios de Inteligencia Artificial y almacenamiento en la nube, al Ejército de Israel, responsable de decenas de miles de muertes. Microsoft desarrolla las gafas de realidad aumentada IVAS para soldados en combate. Y así sucesivamente.
¿Vamos a cancelar nuestra suscripción a Disney+? ¿A dejar de utilizar Office o Google? No lo creo. Nos guste o no, el ritmo de vida -al menos el citadino- está fuertemente moldeado por las grandes compañías y salvo que seamos herederos de una fortuna embelesadora o propietarios de un negocio de nicho, lo más probable es que tengamos que utilizar voluntaria o involuntariamente servicios de compañías que están estrechamente relacionadas con el armamentismo, el trabajo infantil, la explotación ilegal de recursos naturales o el acoso laboral.
Sin importar en donde te encuentres, es altamente probable que el acuífero más cercano a ti, esté siendo saqueado en este momento por Coca-Cola o algún otro corporativo trasnacional que no tiene necesidad de rendir cuentas, porque puede pagar todas las multas que le pongan enfrente.
Hace unos días, Rubén Albarrán, vocalista de Café Tacvba, informó que la agrupación pidió de manera oficial que su catálogo sea retirado de Spotify, al considerar que las políticas y decisiones de la plataforma no son congruentes con sus valores ni con el mensaje que buscan transmitir, al tiempo que invitó a sus seguidores acercarse a otros servicios para escuchar su música, como Amazon Music.
Quizá Albarrán ignore que Amazon utilizó durante casi 10 años un elaborado algoritmo llamado “Project Nessie”, con el objetivo de manipular los precios del mercado y maximizar sus beneficios. La estrategia tenía de sencilla, lo que tenía de ilegal. Amazon subía el precio de un producto determinado y su algoritmo vigilaba si los competidores también subían sus precios. Si la competencia subía el precio siguiendo a Amazon, el nuevo precio alto se mantenía. Si por el contrario, no lo hacía, Nessie bajaba el precio de Amazon automáticamente al nivel anterior.
Que Spotify difunda propaganda de ICE no es algo que me provoque satisfacción alguna, pero tampoco me parece que sea lo más grave. En todo caso, es el menor de los males. El Gobierno de Estados Unidos, al igual que cualquier otro gobierno democrático en el mundo, tiene derecho a anunciar sus políticas en los medios que considere convenientes. De acuerdo con fuentes citadas por Rolling Stone, el Departamento de Seguridad Nacional pagó 74 mil dólares a Spotify por la transmisión de estos anuncios. Esta cantidad no solo es baja en términos de gastos gubernamentales, sino que es ínfimamente menor a los 3 millones de dólares que recibieron Google, YouTube y Meta, por el mismo servicio.
¿Entonces por qué hay una campaña de desaprobación contra Spotify? Bueno, por un lado, ser la empresa más importante de tu sector tiene su lado negativo también. ¿Recuerdas tu infancia, cuando tus padres le llamaban “Gokú” a cualquier personaje de Dragon Ball o “Pikachu” a cualquier pokemón que apareciera en la TV? Incluso ahora, posiblemente se refieran como “Netflix” a cualquier servicio de series o películas por streaming. Spotify es el rey, con aproximadamente 281 millones de usuarios, frente a los 120 millones de YouTube Music, su rival más cercano. No solo eso, la empresa sueca tiene más de 450 millones de usuarios de su plan gratuito, a quienes puede mostrar anuncios altamente sectorizados.

Ya sé. Pareciera que este texto está del lado del corporativismo, pero nada más alejado de la realidad. Estos párrafos no defienden de ninguna manera los intereses de una multinacional que se ahoga en dinero. Sencillamente creo que hay que revisar el contexto, antes de fijar una postura que no cambiará absolutamente nada. Si se va sancionar a una empresa por sus decisiones mercadológicas u operativas, lo justo sería hacerlo no solo con una, sino con todas. Y eso es -en términos prácticos- imposible.
Hace unos días estaba escuchando la lista de reproducción “Descubrimiento Semanal” que Spotify configura para sus usuarios todos los lunes. Comenzó una canción que me recordó enormemente a Barry White, pero con una “espina” que no terminaba de convencerme. La melodía no era mala, los arreglos estaban muy bien ensamblados y muy acordes al ritmo de la canción, quizá demasiado acorde. Eso me generó algo de dudas y decidí buscar más sobre el grupo en cuestión.
Justefunk Funk es el nombre de la supuesta banda y su biografía indica "Soul y funk modernos, grooves profundos y emociones sinceras. Justefunk Funk desarrolla un universo cálido, elegante y atemporal”. Sospechoso, ¿verdad? ¿Ya sabes para dónde voy? Sí, la bendita IA.
Se sabe que Spotify ha integrado a su catálogo música hecha por IA, aunque no sabemos en qué volumen. Lo único que ha dicho la plataforma es que buscará regularla y notificar al usuario cuando esté frente a una canción hecha por IA. El supuesto grupo Justefunk Funk tiene alrededor de 6 millones de reproducciones, para la fecha en la que este texto está siendo escrito (14 de enero de 2026). De acuerdo con los montos que paga la plataforma, un artista con ese número de “streams” recibiría un pago de alrededor de 30 mil dólares -repartidos por supuesto entre los intermediarios-.
¿Qué nos queda entonces? ¿Sentarnos y mirar cómo las y los magnates manipulan el mercado a su antojo, mientras miramos la nueva temporada de Pluribus? Bueno, creo que va más allá de esto. Si bien estamos ante un panorama de David contra Goliat, donde David es inmensamente más débil y Goliat tiene acceso a satélites, petróleo y litio, la realidad es que cada uno desde su lugar puede hacer algo. O eso creo. Esta columna no es un tutorial sobre cómo derrocar gigantes corporativos, es una invitación a analizar y revisar los atributos que concedemos a cada una de las multinacionales que nos seduce con sus aplicaciones fluidas y sus recomendaciones personalizadas. El algoritmo nos conoce, nos vigila como los centinelas de Matrix y a menudo nos conquista. Esta es una relación hombre-máquina que va más allá de una suscripción mensual. Quizá sea un buen momento para recordar y escudriñar las Leyes de la Robótica de Isaac Asimov:
Un robot no hará daño a un ser humano ni, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.
Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.